La historia de una mujer que encontró en los seguros no solo un trabajo, sino la oportunidad de recuperar su identidad y su libertad.
Edith González Granillo siempre se definió como una mujer apasionada. Había estudiado Administración de Empresas y disfrutaba cada minuto en el mundo de la logística, almacenaje y distribución. Amaba resolver problemas, coordinar, sentirse parte de algo grande. En esas oficinas, Edith se sentía viva.
Pero la vida le trajo un regalo aún mayor: su familia. Se casó, llegaron Leonardo y Alexis, y con ellos un nuevo capítulo. Edith eligió pausar su carrera profesional para volcarse en lo más importante: ser mamá, esposa, nuera, cuidadora. Lo hizo con amor… aunque en silencio, cada noche, una pregunta la perseguía:
¿Dónde quedó Edith?
Los días se hicieron años. Ocho, para ser exactos. Ocho años en los que Edith intentó regresar al mundo laboral. Tocó puertas, envió currículums, pidió entrevistas. Pero siempre la misma historia: “eres mamá”, y con eso bastaba para que muchos la descartaran.
No era falta de capacidad, era un prejuicio disfrazado de requisito. Y duele que ser mamá se convierta en una razón para no confiar en ti.
Edith se sentía dividida: deseaba trabajar, pero no quería dejar de estar para sus hijos. Quería contribuir económicamente, pero temía perder los festivales escolares, las consultas médicas, los desayunos en pijama. Entre frustración y miedo, buscaba no un empleo, sino una vida donde pudiera ser todo a la vez: mamá, esposa… y Edith.
Un día, sin planearlo, apareció frente a ella una publicación en redes sociales. Hablaba de ingresos, flexibilidad, crecimiento. Edith dudó: ¿será real?, ¿será para mí? Pero algo en su interior respondió con fuerza: ¿y si esta es la señal?
Se atrevió a escribir. La entrevistaron. Le explicaron el proceso. Y decidió comenzar.
El inicio fue intenso. No sabía nada de seguros, salvo la póliza que tenía su esposo. Tocó estudiar, conectarse a sesiones, presentar exámenes. El primero lo reprobó por tres respuestas. Sintió miedo, pero también un compromiso: ya había clientes esperando. No podía defraudarlos. Así que se levantó, estudió más, y aprobó. En ese momento lo entendió: lo que estaba construyendo era suyo.
Claro, hubo dudas. ¿Por qué pagar yo? ¿Y si es fraude? Pero descubrió que no se trataba de dar dinero a alguien más, sino de invertir en ella: su examen, su cédula, su responsabilidad civil. Todo a su nombre. Eso le dio confianza.
Luego vino la parte más emocionante: las citas. Una tras otra, aprendiendo qué decir, cómo cotizar, cómo pedir recomendaciones. Cerró su primera gran póliza con un empresario. Sintió miedo, pero lo hizo. Y esa venta fue mayor que el aguinaldo de muchos empleos.
Hoy Edith organiza sus días a su manera. Los miércoles son sagrados: día familiar. Desayuna con sus hijos, los lleva a la escuela, disfruta los festivales. Puede apoyar a su esposo con los gastos, eligieron una escuela bilingüe y se permiten dos meses de vacaciones cada año… mientras sus ingresos siguen llegando.
Pero lo más grande no está en el dinero, sino en lo que significa ser parte de algo más. Recientemente, una asegurada suya recibió un beneficio de maternidad asistida en un embarazo complicado. Edith fue testigo de cómo su trabajo se transformó en protección real para otra familia.
Hoy, su hijo mayor ya entiende lo que son los seguros. Y Edith sonríe al saber que, si algún día él quiere, puede heredarle esta carrera. Su cartera, su legado. Porque esto no es un empleo: es un patrimonio.
Y todo comenzó con aquella publicación que un día apareció en su celular.
“Volver a ser Edith” no fue sencillo, pero valió cada paso.
Porque al final, no solo recuperó su identidad… también encontró una forma de inspirar a otros a volver a ser ellos mismos.